Evangelio según San Mateo 23,23-26.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!
¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa por dentro, y así también quedará limpia por fuera.
Palabra del Señor.
Homilía Por:
San Juan Eudes (1601-1680), presbítero, predicador, fundador de institutos religiosos
Corazón admirable, c. 12
«Purifica primero tu interior «
¡Oh Dios mío, cuán admirable es tu amor para con nosotros! ¡Sois infinitamente digno de ser amado, alabado y glorificado! Nosotros, de ninguna manera tenemos corazón ni espíritu que sea digno de ello; pero vuestra sabiduría y vuestra bondad nos han dado un medio para ello: nos habéis dado el Espíritu y el corazón de vuestro Hijo para ser nuestro propio espíritu y nuestro propio corazón, según la promesa que nos habéis hecho por vuestro profeta: «Os daré un corazón nuevo, os infundiré un espíritu nuevo» (Ez 36,26). Y para que conociéramos cuál es este corazón y este espíritu nuevo, habéis añadido: «Pondré mi Espíritu» que es mi corazón, «en vosotros» (v. 27). Tan sólo el Espíritu y el corazón de Dios son dignos de amar y alabar a Dios, capaces de bendecirlo y amarlo tanto como se debe. Por eso nos habéis dado vuestro corazón, el corazón de vuestro Hijo Jesús, y también el corazón de su divina madre y el de todos los santos y el de los ángeles que, todos juntos, no hacen sino un solo corazón, tal como pasa con la cabeza y los miembros, que no son sino un solo cuerpo (Ef 4,15)...
Renunciad, pues, hermanos a vuestro propio corazón, a vuestro propio espíritu, a vuestra propia voluntad y a vuestro amor propio. Daos a Jesús para poder entrar en la inmensidad de su corazón que
Renunciad, pues, hermanos a vuestro propio corazón, a vuestro propio espíritu, a vuestra propia voluntad y a vuestro amor propio. Daos a Jesús para poder entrar en la inmensidad de su corazón que